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Ambientación
Año 2039. Pese a que en la mayor parte de Europa el proceso de paz tras una larga guerra se ha ido concretado, Inglaterra, la raíz intolerante de la guerra sigue envuelta en un caos sin ton ni son. Los humanos no quieren vivir con los magos o cualquier otro ser mágico. Lo mismo sucede con buena parte de la raza mágica.

Los humanos sin magia han optado por volverse más viscerales después de casi 20 años en una continua guerra que sólo ha dejado destrucción y soledad en la capital londinense. Han decidido que erradicar la magia de Inglaterra es la única manera de establecer la paz y, evidentemente, la sociedad mágica no está de acuerdo.

El Ejército de la Alianza Humana ha preparado sus grandes robots para escanear cada ápice de tierra e inhabilitar a cada ciudadano con capacidades mágicas bajo las herramientas necesarias. Los capturados son llevados a campos de concentración donde les son retirados todos los aspectos mágicos y “reconvertidos” a humanos sin posibilidad de ejercer sus habilidades.

La mayor parte de la historia se desarrolla on rol en algunos países de Europa, aunque es una guerra a nivel mundial que afecta en mayor o menos medida a casi todo el planeta, especialmente en las ciudades. Actualmente en el año 2039, el tipo de mundo en el que está ambientado es una mezcla entre lo futurista de la tecnología humana, con elementos de ciencia ficción que se contraponen a un mundo más tradicional de tipo fantástico, representado en su mayoría por los magos. La escenografía es a menudo oscura, con tintes post apocalípticos.


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  • DeviantArt y a todos sus artistas excepcionales por brindarnos infinitas galerías de imágenes.
  • Krypteria por sus increíbles texturas y hermosos PSD.


Asimismo, recordamos que la ambientación de este foro fue basada, en parte, en la saga de Harry Potter de JK Rowling, el resto viene de la mano de Johan Black, Sirius Black y Catherine Le Fay..Todas las historias y ediciones de personajes corresponden a sus respectivos users.
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Memorias de un dragón de hielo

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Memorias de un dragón de hielo

[El pasado es historia,
el futuro es incierto
y el final siempre está cerca]

Sobre su breve vida en Londres



Siempre vestía rojo en casa. Era como una especie de símbolo. O quizás una premonición de que después mi vida estaría llena de sangre derramada sobre mi y por mi.

Nunca fuimos adinerados, al menos no que yo recuerde, pero jamás nos faltó nada de lo esencial. Solíamos pasarnos la vida en una casa en las afueras de la ciudad que a mi me parecía muy grande para nosotros tres, pero no vacía. Nunca había más niños que yo, pero no los necesitaba mientras tuviera a mis padres.

Recuerdo bien a mi padre, aunque no mejor que a mi madre: el día en que supe que él era un dragón fue la última vez que lo vi, quizás para siempre. Me llevó al bosque, cargándome sobre sus hombros y tarareando la canción más alegre que recuerdo jamás. Y cuando llegamos al centro del bosque, me mostró al magnífico dragón rojo, un magnífico dragón rojo que haría arder a los malos y acabaría la guerra que se había iniciado. Aquel dragón, tan grande, tan cálido al tacto y con aquella coraza tan dura era el padre inmejorable que tenía. Esas criaturas tan inusuales que nunca piensas en verlas de nuevo, él era una de ellas. Él quería luchar por nosotras, pero al final tuvimos que partir. Nunca pensé, ni en mis sueños más complicados, que yo terminaría convirtiéndome en una de esas criaturas, eventualmente.

A pesar de no saber de mi herencia mágica, mis padres previeron todo lo que se avecinaba. Antes de que algo sucediera, se dedicaron tiempo completo a enseñarme a sostener una espada y una lanza. Lo cierto era que aunque yo lo tomaba como un juego, esto me serviría para sobrevivir en un futuro incierto. Ambas armas se sentían tan pesadas que a veces deseaba desistir, pero el interés de mi padre y su entusiasmo siempre me contagiaban de su fortaleza. Nunca quise decepcionarlo. Esto lo supe después, pero no iniciaron mi entrenamiento en forma dragón, ni el de mi herencia mágica pues sabían que no podría estar lista para la guerra y solo sería un peligro.

Tuvimos que mudarnos al bosque. Mi padre prometió que nos alcanzaría, que todo saldría bien y que aquel cambio sería temporal. Después, cuando la guerra terminara, volveríamos a la casa, aquella casa en la que siempre fuimos felices y tuvimos los mejores recuerdos.

Tras vivir un tiempo en los bosques, la guerra se había complicado demasiado. Todo y todos eran peligro y no se podía escapar de él en ningún lado. Entre ellos, mis padres, decidieron que lo mejor sería trasladar la familia a otro lugar. Yo no estaba de acuerdo, pero nadie escucha a los niños... Aquella noche, cuando empacaba mientras ellos buscaban las rutas más seguras, fue la última vez que vi o escuché hablar de mi padre. Entre lágrimas y berrinches, mi padre se despidió de mi, arrancándome de sus brazos para lanzarme a los de mi madre, y así, en medio de la noche, dejamos Londres para siempre. El último día de mi infancia fue aquel.

La vida era normalmente dulce y emocionante para una niña de diez años. El futuro entero se postraba a los pies de un dragón que aún no conocía su verdadero potencial. La vida y la muerte danzarían juntos por toda la eternidad junto a la pequeña jovencita de cabellos rojos.

Mensaje por Juliet Bennett el Mar 26 Jul 2016, 06:39

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Re: Memorias de un dragón de hielo

Sobre la huída a Italia.


Con rumbo a Italia, solo caminábamos sin más, día y noche por donde hubiera una posibilidad y el peligro fuera menor. Los caminos eran peligrosos para una mujer sola con una niña que no parecía que fuera a ser muy alta nunca en el futuro. Mi vestido favorito se arruinó en los primeros días de aquel largo viaje y nunca más volví a utilizar uno. Es un recuerdo amargo, uno muy amargo, recuerdo que lloré hasta dormir aquella noche cuando debí dejarlo al lado del camino, lleno de lodo y roto, y lloré dos días más por nuestras desgracias. Luego lo hice internamente desde aquel día, procurando no derramar ninguna lágrima más.

Tras semanas de viaje, Paris fue el lugar más duro de cruzar, y también el más largo, pero salimos ilesas de aquella extenuante caminata. El clima era demasiado caliente al sur, y a medida que nos acercábamos a Italia, todo se volvía más y más duro. Cada vez era más difícil encontrar alimentos, y más caros también. Los caminos se hacían traicioneros y la gente era cada vez más huraña, más indispuesta a ayudar, más cruel... La gente era diferente, más desconfiada de los viajeros, pues llegaban miles diariamente buscando refugio de la guerra iniciada. Nos trataban a todos como basura, tomando de ellos lo que deseaban y tirando el resto como viles ladrones. Eran muy comunes las redadas y los saqueos que hacían los habitantes hacia los que recién llegaban a las ciudades. Aprendimos a evitar las grandes poblaciones y los caminos solitarios, los pueblos fantasmas, todo rastro de civilización lo evitábamos, pues solo podíamos confiar la una en la otra, y con eso, Italia tardó en llegar muchas semanas más de lo que esperábamos que tardara.

Una vez llegamos a Italia, tuvimos que ingresar a la ciudad. El plan con mi padre era encontrarnos dentro de ella, buscarnos y esperarnos, y después buscar otro lugar dónde iniciar una nueva vida, lo más lejos de todo que pudiéramos estar. Para aquellos días, según lo que habíamos escuchado por el camino, él ya habría dejado a Temeritus y estaría de nuevo con nosotras...

Cuando llegamos a la capital, las filas para ingresar eran inmensas y peligrosas. Esperabas con la cabeza agachada, con el deseo de que nadie se fijara en ti ni llamar la atención. Las rencillas entre quienes entraban y quienes trataban de robar algo eran constantes y estar cerca de ellas era demasiado peligroso. Los policias llegaban y te sacaban de la fila para llevarte a nadie sabe donde. Yo sabía que muchos de ellos eran de razas diferentes a la humana, podía sentirlo en sus esencias, pero todos lo ocultaban para pasar desapercibidos.

Nadie podía entrar a Italia con sus pertenencias intactas. Los supuestos cuidadores del orden tenían que registrar a cada persona, cada maleta, y cada carro que pretendiera cruzar las barricadas que habían puesto en los alrededores de la gran ciudad. Logré esconder una daga dentro de mis botas, una de las que había dado mi padre a mamá. La más bonita y con la que dormía todas las noches esperando por si alguien volvía a atacarnos. En un golpe de suerte, el único en el tiempo que llevábamos de viaje, un altercado inició cerca de donde estábamos y nos dejaron entrar sin quitarnos gran cosa. Hasta ese punto, yo pensaba que mi madre era humana, tal como yo, no sentía sangre mágica que corriera mis venas, tampoco podía hacer trucos impresionantes que el resto de los niños que conocía sí, y la esencia de los dragones la confundía con la de humanos. Era más bien debilucha, no cobarde, pero débil. Débil y cansada por el viaje. Cansada y hambrienta. Mis piernas eran lo único que se había fortalecido en aquel trayecto. Mis piernas, y quizás un poco mi carácter y mi corazón que ya no era inocente ni blando. Si bien el viaje me había endurecido, aún sentía la necesidad de llorar con cada paso que daba, pero el solo pensar en estar de nuevo con mi padre me daba fuerzas para dar otro más.

Mensaje por Juliet Bennett el Jue 11 Ago 2016, 04:28

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Re: Memorias de un dragón de hielo

Sobre su ingreso al coliseo y sus primeros días


A nuestra llegada a la capital de Italia, fuimos descubiertas de inmediato por culpa... mía. Había escuchado durante todo el camino cómo robaban a las niñas menores para luego obligarlas a robar o venderlas como  esclavas. Si sabía algo de la vida en aquel punto era que no tenía derecho de separarme en ningún instante de mi madre.

En una revuelta que nos recibió en nuestra entrada a Roma, terminé separada de mi madre entre la multitud que trataba de alejarse del lugar. Mientras la buscaba, el miedo se apoderó de mi y le dio puerta a mis alas para salir, convirtiéndome en un dragón pequeño, de pocos metros, que no sabía volar, defenderse, y mucho menos sabía que era un dragón en sí. En cuanto me localizaron, la revuelta dio paso a una persecución. Todo el pueblo quería ser quien atrapara al dragón, quien le diera la estocada final y reclamar una victoria más contra los seres mágicos que no paraban de llegar a la ciudad.

Traté de luchar, al menos de defenderme, pero siendo la primera vez que me lograba convertir en aquel ser, tan asustada e inconsciente de mis capacidades, tan torpe sobre todo... me lograron capturar en poco tiempo. No fue hasta mucho después que logré perdonarme por mi torpeza de aquel día, en el que mi pobre valentía nos obligó, a mi madre y a mi, a pasar una larga temporada en el peor lugar del mundo.

Tras someterme con redes eléctricas y objetos que no había visto nunca, a mitad de una batalla mal distribuida, mi madre y yo terminamos siendo vendidas a un esclavista del coliseo romano. No importó demasiado la raza ni la edad. Terminamos siendo vendidas por una cantidad bastante módica, por ser mujeres y por las condiciones en las que llegábamos al lugar. Lo primero que me explicaron fue que, en aquel lugar, terminaría muerta el siguiente fin de semana. Y si no era ese sería el siguiente, pero eventualmente caería sin dejar huella en el mundo. Que no duraría ni siquiera una batalla, y que si me resistía a pelear, mi muerte sería la de una de esas chicas patéticas, tan asustadas de la multitud y de los oponentes que no podían ni levantarse del suelo o sostener un arma y cuyo cadáver, supuestamente, daban a los animales del circo. Que sería una de las chicas que morían tiradas en el suelo, degolladas por otras, desfiguradas por animales, con el corazón arrancada por asesinas... Tras una breve separación, a mi madre lograron aplicarle una especie de inhibidor de magia, sin embargo, por alguna razón no me lo pusieron a mi.

La primera noche fue quizás la peor de mi vida. Tras los sustos iniciales, la oscuridad se apoderó del lugar. El suelo era piedra dura y pura, llena de bordes filosos y grilletes clavados en las paredes. Las rejas eran acero puro, lleno de astillas y marcas desesperadas de dientes... parecían cavernas, especialmente talladas para no poder estar de pie nunca y tan pobladas que no había manera de estirarse en ningún momento.

Por la revuelta que había protagonizado, me encadenaron a un collar de metal que se encontraba fijo en la pared. Aunque estaba a una altura aceptable para que un adulto pudiera sentarse y estar sin problemas, incluso dormir un poco, mi estatura me obligaba a estar a medio camino entre estar en cunclillas (y encajarme el metal en los hombros) o arrodillarme (y encajarlo en mi cuello impidiéndome respirar). Logré pasar la noche, de alguna manera, con lagrimas en las mejillas mientras la desesperación me invadía a ratos y la soledad en otros. A veces gritaba, o lloraba demasiado alto, pero cualquier sonido era callado por una reacción de abucheos e insultos de parte de los presos en aquella y otras celdas contiguas. Era un lugar donde la piedad, la misericordia y la empatía eran rápidamente despojadas de los individuos. Aquel día aprendí que lo único que podía hacer por mi era sobrevivir, aún si era a costa de otros.

Mensaje por Juliet Bennett el Lun 12 Sep 2016, 01:35

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Re: Memorias de un dragón de hielo

Sobre su primera curación


Aún sin los grilletes en el cuello, no había manera de dormir en aquel lugar sin clavarse algo en la espalda. No pasó mucho tiempo antes de que terminara llena de moretones y cortaduras en la espalda, los brazos y piernas, que fueron cicatrizando y endureciéndose, a medida que yo misma me endurecía en el ambiente destrozado de una prisión a la vista del público.

En algún lugar entre tres paredes de piedra y una reja de metal aprendí a sanar. Fue durante el primer día que pasamos en la celda: mi madre vio en seguida a un hombre de veintipocos años que tenía el brazo roto de hacía varios días. No había dejado que nadie lo tocara; había burlado a los guardias, a sus enemigos y a compañeros de celda, colocándose un cabestrillo con telas mientras trataba de valerse por sí mismo en un lugar donde las heridas alimentan la felicidad de quienes te odian. Tras algún tiempo de estar mal colocados, los huesos estaban ya soldando de manera incorrecta y se notaba en su rostro el sufrimiento del que no duraría mucho si no hacían algo por él. Debajo de un trozo de tela polvoriento que hacía las veces de venda, estaba ya volviéndose negro, quizás por gangrena, mala circulación, alguna infección o cualquier maldición y broma del destino...

En una extraña apuesta que ganó, mamá consiguió que aquel hombre adolorido se sometiera a un procedimiento aún más doloroso: tras acercarse un poco a mi, me permitió que experimentara con él la curación mientras ella me ayudaba, guiándome con sus palabras y sus manos hasta que todo encajaba en su lugar. Lo que más me sorprendió es que su dolor debía ser suficientemente grande como para dejar que una niña sin experiencia intentara hacer magia con sus heridas.

Al día de hoy, mi pregunta sigue siendo si la segunda parte del trato era lo que más habría motivado a ese hombre a dejarme actuar. Pues, aún si lo hacía mal, mi madre misma había prometido y jurado que lo sacaría de su sufrimiento de inmediato, sin importar las consecuencias que pudiera traerle.

Fue así como, aún aterrada y encadenada a la pared, logré descubrir que tenía una especie de habilidad para canalizar la magia con la que había nacido y brindar ayuda a otros seres vivos.

Aún aterrada por el descubrimiento de mis poderes, logré utilizarlos para curar a aquel desconocido. Fue de las primeras cosas que aprendí a hacer con magia. El frío de mi corazón había sido tan grande desde el día que salí de casa que, de alguna manera, debió aferrarse a mi y ayudarme con aquella desagradable tarea de curación.

Apenas salió el sol, no tardaron mucho en colocarme aquel inhibidor de magia tras aquella horrible noche en vela. Te impedía convertirte y utilizar cualquier cosa que no fueran los puños para pelear, de aquel modo resultaba difícil para todos los que alguna vez habían dependido de sus habilidades mágicas para defenderse. Mamá lo describió siempre como estar atada de pies y manos, aunque yo apenas podía entender la diferencia.

A pesar de las incomodidades, mi madre se las apañó para enseñarme a cómo utilizar adecuadamente la parte dragón y todo lo que no había logrado aprender por culpa de la guerra. Trató de contarme, con el mayor detalle posible, todo lo que implicaba volar, escupir fuego, la altura, las sensaciones que tus músculos obtenían cuando hacías bien las cosas. En su cabeza, yo era quien tenía que salir viva de aquel lugar, así que deseaba asegurarse de que lo haría bien como dragón una vez fuera. Que no volvería a tener miedo, a estar paralizada ni indefensa.

Muchas veces escuché palabras de desaliento. No solo por parte de los guardias, que día y noche nos molestaban, impidiéndonos dormir por las noches o privándonos de comida día tras día, sino también de los mismos reclusos de aquel penal. En su mayoría, eran crueles, desagradables y buscaban asustarte para que su próximo combate fuera más sencillo y poder vivir un día más.

Mensaje por Juliet Bennett el Miér 26 Oct 2016, 18:21

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Re: Memorias de un dragón de hielo

Sobre sus primeros entrenamientos


Tras una noche tormentosa y un día que era más fácil dejar en el pasado, al fin me colocaron el inhibidor de magia en el brazo, cercano al hombro. El aparato no me hizo sentir ninguna diferencia. Lo único diferente era que aquella luz blanca en mis manos ya no aparecía cuando trataba de hacer magia de curación y las heridas no cerraban con tanta facilidad. Mi madre, por otro lado, tenía un rostro cenizo y lucía deprimida, como si le hubiesen amputado un brazo o una pierna. Tardó algunos días en encontrar un nuevo propósito, que no fue otro que el de sobrevivir; pensamiento que se había adueñado repentinamente de nuestras vidas. Después de aquel día, las sonrisas fueron escasas, llenando nuestra feliz vida de silencios y secretos.

Me enteré de esto muchos años más tarde: aquellos primeros días, mi madre hizo un trato con nuestro lanista, el hombre que nos había comprado y se dedicaba a entrenar a los que se convertirían en "gladiadores" del coliseo. Me dejó sola en la celda por algunas horas, a merced del resto de los presos y, a cambio de ciertos favores, el lanista aceptó mantenerme fuera de la arena y entrenarme en todos los estilos de combate que pudiera soportar. Nunca supe los detalles del trato, pues la negativa rotunda de hablar de ello era constante tema de peleas entre nosotras, pero a medida que crecía se hacía cada vez más evidente con las desapariciones de mi madre al ponerse el sol. Fue durante aquellos primeros ratos que pasé sola que aprendí a no bajar la cabeza ante las amenazas y nutrirlos con mi temor.

Aunque el trato era mantenerme a salvo, habían ciertas cosas que eran difíciles de evitar. Por ejemplo, mis entrenamientos se llevaron a cabo como los de cualquier otro. Aún podía salir herida de muerte como el resto de los esclavos y recibir golpes de quienes nos entrenaban.

Nos separaron en grupos desde el primer día. Por edades y sexos, pues normalmente los combates eran emparejados basados un poco en esas características. Nos dividían además en los que prometían un buen combate y quienes solo seríamos la carnada que les engrandecería. A pesar de que no me destaqué durante los entrenamientos los primeros años, logré evitar ser la carnada todo el tiempo. No era de las que más recibían golpes de mi grupo, pero al inicio distaba bastante de ser la mejor. A medida que las más débiles morían, enfermaban o eran vendidas como esclavas, la urgencia por mejorar en todas las áreas crecía con tal de no ser el siguiente blanco fácil, no solo en combate sino también fuera de él.

No pasó demasiado tiempo antes de que el resto de las chicas se volvieran todas mejores que yo. Fue entonces cuando mi madre tuvo que intervenir. Durante la mañana, mis batallas eran contra el resto de las chicas, básicamente me defendía, y por las tardes con mamá preparaba el ataque tras la comida. Podía pasarme semanas débil por la rutina: luchar doce horas al día, una dieta pobre en todo tipo de nutrientes y generalmente agua poco potable. De alguna manera logré mejorar con el tiempo y, después de que ambas vimos los resultados, decidimos mantener la rutina. Pasó algo de tiempo antes de que mi madre dejara de perder el tiempo conmigo y me convirtiera en una rival de verdad para ella, y el entrenamiento finalmente fue provechoso para ambas.

Así, aprendí en poco tiempo a luchar con espada, generalmente larga, pero también corta al dominar la primera. El desafío era siempre mayor que con el resto, pues mamá deseaba blindarme; mostrarme como ganarle a todas las especialidades de los gladiadores experimentados y, de ser posible, aprender más de un estilo de lucha.

Mi primer estilo tenía bastantes variaciones, solo porque al lanista no le gustaba perder el tiempo especializándose en los estilos puros y clásicos. Llevábamos armadura completa, espada corta, visera y escudo. Y me hacía sentir totalmente ridícula. Más que enseñarme a pelear en sí, me hizo más ágil y más fuerte para cargar el peso de la armadura y evitar que la dañaran, quitándome movimiento. Así, mi mejor defensa se convirtió en la agilidad, evitando lo más posible que me tocaran e hicieran daños irreversibles. Dependiendo de qué tan tarde te formabas en la fila, las armas podían ir de espadas muy pequeñas y curvas, cortas, largas o dobles, y el escudo podía ir entero o solo las partes que el resto no deseaba usar.

Así, finalmente la rutina se fue acomodando durante el día. Tardé poco en entender que la mitad de los horrores no ocurrían dentro del Coliseo.

Mensaje por Juliet Bennett el Vie 30 Dic 2016, 18:03

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Re: Memorias de un dragón de hielo

Sobre su primera salida del Coliseo


El trato de mi madre con el lanista pudo parecer genial al principio, más resultó ser un trago agridulce difícil de tragar.

Un año y algunos meses después de que me encerraron en las cuevas del Coliseo, decidieron que yo tendría que servir de algo si me estaban entrenando y ‘alimentando’, ocupando un espacio que fácilmente podrían llenar con alguien que les diera dinero a cambio de un buen espectáculo.

Durante el atardecer de un frío día de diciembre, fui encadenada y esposada en línea, junto a muchas otras chicas y chicos de edades muy variadas. Había niñas más pequeñas que yo y hombres que podían tener más de cincuenta sin aparentarlos demasiado. Cruzamos al mismo ritmo un camino entre algunas murallas y callejones hasta llegar a una gran casa desde la que se podía ver la parte superior del Coliseo. Era la primera vez que salía de ahí desde que entré. Y aunque comprobé la resistencia de las cadenas que nos ataban, tenía la sensación de que no sería capaz de irme sin mi madre. A partir de ahí, y a medida que crecía, dejé de intentar romperlas, a pesar de que en ocasiones parecía ser algo fácil y tentador.

Al entrar a la gran casa, que parecía una de aquellas mansiones londinenses en las que había estado en navidades de hacía muchos años, lo primero que hacíamos era llegar directo a las duchas. Quizás aquella era la parte que hacía todo soportable. El agua no era cálida, pero al menos no estaba tan helada en invierno como en las celdas.

Tras una buena ducha, donde incluso nos daban jabones con aromas exóticos, una amable señora peinaba a las chicas, y los hombres se peinaban por sí mismos. Y nos vestían con ropas que aunque no eran lujosas, la mayoría no habrían podido pagar en su antigua vida.

Mi peinado usual eran un par de coletas bajas, con el cabello cayendo por el frente de mis hombros. Así le gustaba a la que era esposa de mi lanista, y si a mi no me gustaba no tenía derecho a decir nada; había visto cómo golpeaban a las que se oponían y estaba decidida a volver sin demasiado de qué lamentarme de aquel lugar.

Pasaron algunas horas, en las que todo lo que pedían de nosotros era sonreír y estar bien parada con la espalda recta en salón mientras los invitados de la casa llegaban. Más tarde entendí que no eran exactamente invitados, sino clientes que pagaban suficiente dinero para hacer cosas en las que nunca habría pensado.

Las niñas pequeñas y asustadizas fueron las primeras a las que les abrieron los grilletes para llevarlas a otras habitaciones, al igual que los hombres que tenían la pinta de ser más fuertes que el resto y estar curtidos en batalla. Algunos de ellos incluso sonreían y hablaban familiarmente con quienes les llevaban. Luego me enteré de que aquellas damas de alta clase y los hombres adinerados eran clientes regulares de aquel lugar.

Durante aquel primer día observé claramente algo que me salvaría la vida después. Las esclavas que eran compradas por hombres iban con un rostro fúnebre y las lágrimas contenidas en los ojos mientras que el de los hombres tenía una gama totalmente distinta; disgusto, resignación, incluso en algunos casos alegría, familiaridad, lujuria…

Con el temor de ser golpeada, en un momento en donde las personas habían dejado de llegar, pregunté por esto a la mujer que nos acompañaba a recibirles a todos. Era una mujer distinguida y elegante que corrigió mis postura hasta el último día, aunque estuviera bien derecha ella aspiraba a la perfección.

¿Por qué las chicas siempre van llorando y los chicos ríen?

Traté en vano de sonar lo menos impertinente posible, mirándole tímidamente y tratando de agachar el rostro para que, en caso de que la pregunta le molestara, le atribuyera a otra chica la insolencia.

Con una media sonrisa en los labios, hizo que uno de los guardias abriera mis cadenas y me invitó a caminar por los pasillos de la casa.

La primera vez que entré, el satín y las telas colgantes, los candelabros y las ornamentas me parecieron de lo más hermoso. Las había por todas partes, parecía una casa temática de cuento. Justo el tipo de casa que imaginaba tendrían los árabes en sus enormes palacios en medio del desierto.

Tras un par de grandes puertas de hierro, el infierno se desató. Mi mirada vagaba de un lado a otro mientras pasaba por el pasillo central, un pasillo oscuro de roca iluminado solamente por antorchas, tal como en el coliseo. De tanto en tanto, una gran puerta aparecía cerrada mientras de ella escapaban sonidos que no había escuchado antes, voces humanas aclamando a grito vivo y de vez en cuando algún grito de dolor, que era con los que estaba más familiarizada.

Al final del pasillo, una gran sala con sillones y divanes por doquier hizo que mi rostro se desencajara. Nunca había visto cuerpos desnudos en tan variadas posiciones. Colgados de grandes y largas telas que caían del techo, encima, debajo, de lado, con dos y a veces más personas involucradas, ritmos gentiles, frenéticos y violentos distribuidos por igual en toda la sala. Sonidos que evocaban al placer y al dolor. Y al fondo de la sala, lo único que podía describir aquello era la palabra tortura.

Tras el impacto inicial, procuré no mostrar nada más que preocupación en el rostro. No lloré, de milagro, pero sí me quedé un poco atrás cuando ella inició su camino a través de aquel gran espacio de perdición. La seguí a regañadientes, pero no asustada. Nunca asustada. A las personas normales, podía quitárselas fácilmente si no llegaba un guardia a socorrerle.Y en efecto, el fondo de la sala era la peor parte. Heridas tan rojizas solo las había visto durante los combates. Pasé sin mirar, prácticamente. Ahí estaba mi respuesta. No había visto a ningún hombre gladiador en aquella parte de la sala. No estaba segura, y nunca lo estuve, de si reservaban aquel comportamiento violento para las chicas o si las damas de sociedad simplemente tenían tendencias menos violentas.

Tras una gran caminata en silencio, mientras trataba de procesar las imágenes, comprendí profundamente la preocupación y el miedo de cada una de las chicas que habían compartido linea conmigo. Y desde ese momento, mi sentimiento fue de total empatía.

Llegamos a un gran comedor, vacío por el momento. Aquella dama puso frente a mi un vaso de leche y la manzana más dulce que recuerdo haber comido. Comenzó a hacer preguntas. Mi nombre, mi edad, mi raza le interesó de sobremanera… y aunque estuve reacia a decirla, terminé confesándolo a cambio de una galleta. Temía que fuera a venderme como una pieza exótica, pues incluso entre los mismos dragones nos sabíamos pocos desde hacía siglos.

Ella preguntó una cosa más aquella noche. Me preguntó si estaba cansada y asentí con lentitud. No estaba cansada de aquel día, pero era un cansancio general desde que había partido de Londres. Se levantó de la mesa y la seguí de vuelta por el gran salón. Esta vez pude ver mejor el inicio de la sala, que me causó un rubor en las mejillas al ver tanto ‘romance’. Agaché la mirada, pues a pesar de la sala, sentía que cada grupo merecía su privacidad, y seguimos hasta salir de la sala.

No tardamos mucho en cruzar y acordar camino por pasillos y callejones hasta encontrar una habitación al otro lado de aquella mansión. Por una ventana se podían ver las estrellas y por la otra las luces de la ciudad. Había una cama al centro, con un precioso dossel encima. Pasé las manos cuando creí que no me veían y resultó ser la tela más fina y suave que había tocado nunca. Había una larga mesa con frutas en arreglos preciosos, cientos de papeles y plumas de ganso y un gran armario abierto con abrigos de piel y vestidos de los colores más pintorescos.

No puedo evitar recordar lo emocionada que estaba de ver tantos colores de nuevo. La dama se sentó en la cama y me recostó junto a ella, haciéndome usar sus piernas a modo de almohada. Mentiría gratamente si dijera que aquella no fue la cama más suave en la que estuve jamás. Y me quedé dormida profundamente.

Cuando desperté, estaba de nuevo encadenada en mi celda, confundida y apática. En mi regazo, envuelta en una servilleta, se encontraba la galleta que había ganado. Me pregunté muchas veces si aquella no había sido el alma más barata que había comprado el diablo.

Mensaje por Juliet Bennett el Miér 04 Ene 2017, 23:35

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Re: Memorias de un dragón de hielo

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